martes, 23 de junio de 2020

SOBRE MACARTISMO Y MANIQUEÍSMO POLÍTICO


FANTASMAS DEL PASADO. SOBRE MACARTISMO Y MANIQUEÍSMO POLÍTICO


Al parecer el macartismo y las infames épocas de la red scare están de vuelta por todo lo alto. Aunque valgan verdades, en los gobiernos de Fujimori (1990-2000) y García (2006-2011), alabados por muchos, a pesar de las pruebas patentes de peculado y corrupción dantesca (ya lo sabemos: “roba, pero hace obras”), siempre estuvo presente el macartismo y la paranoia anticomunista (usada como táctica de control político). Los demócratas rozagantes, defensores de la tradición autoritaria y del clientelismo, siguen esgrimiendo el más feroz anticomunismo y el macartismo. En EE. UU. recordemos que el macartismo llegó hasta Hollywood y la lista negra de “agentes soviéticos” infiltrados se extendió e incluyó a varios actores y directores de cine (los Diez de Hollywood).

Maniqueísmo posmoderno

El conocimiento de la historia del Perú, para los Fujimori lovers y otros especímenes de derecha (aunque no todos, ciertamente), se reduce a ver la historia oficial del Perú como si fuera un cómic de la Marvel. Se trata de la lucha del Bien contra el Mal con comunistas locos que, por doquier, siempre agitan las aguas. Muy limitado, por otra parte. Se trata, por consiguiente, de una visión maniqueísta y unilateral, cuando no sectaria de la realidad peruana. El legalismo es defendido a rajatabla, a costa de la razón y la dignidad. Si todo el mundo pensara como ellos, todavía seguiría existiendo la esclavitud y el apartheid, las mujeres no pudiesen divorciarse y los campesinos peruanos seguirían siendo bestias de carga.

Como dice Murray Rothbard en Por una nueva libertad: “Siempre se ha considerado que el gobierno, sus dirigentes y operadores están por encima de la ley moral general. (…) El servicio al Estado excusa todas aquellas acciones que serían consideradas inmorales o criminales si fueran cometidas por ciudadanos ‘privados’”.

Es decir, por razones de Estado, los defensores del statu quo consentirían o justificarían todo: desde un bombardeo con napalm a una aldea sospechosa de insurrecta (como de verdad ocurrió hacia 1965 durante el demócrata gobierno de Belaunde[1]) o una brutal paliza a un vendedor ambulante por policías municipales (como ocurre casi cotidianamente). El culto del Estado es una religión que ya lleva mucho tiempo. Como dice Samuel Edward Konkin III en New Libertarian Manifesto:

Such an institution of coercion, centralizing immorality, directing theft and murder, and co-ordinating oppression on a scale inconceivable by random criminality exists. It is the Mob of mobs, Gang of gangs, Conspiracy of conspiracies. It has murdered more people in a few recent years than all the deaths in history before that time; it has stolen in a few recent years more than all the wealth produced in history to that time; it has deluded - for its survival - more minds in a few recent years than all the irrationality of history to that time. Our Enemy, The State.



Populismo y mercantilismo cotidianos

Y no se trata de defender a una izquierda mercantilista y con claro perfil autoritario, cuyo único mérito en los últimos 30 años ha sido el ser furgón de cola de gobiernos populistas y corruptos hasta el hartazgo. No es mi intención defender a una izquierda peruana contradictoria y hoy más que nunca extraviada en su laberinto (sin olvidar que hay varias “izquierdas”, por supuesto). Se trata de no perder la perspectiva histórica y la capacidad de analizar críticamente la sociedad peruana sin maniqueísmos de ningún tipo.

El cuco del “terrorismo insano” fue blandido eficazmente por Fujimori y sus seguidores, así como por los apristas, los fanáticos evangélicos, los católicos ultramontanos, los militares patrioteros (para quienes Velasco Alvarado es el “anticristo”), etc. Muchos de ellos tienen las manos manchadas de sangre y envenenadas por el virus del peculado. Hoy, en plena crisis agobiante, se necesita más que nunca el ingente botín que se alzaron sin ningún escrúpulo y siendo menos patriotas que un comunista ateo.

Márlet Ríos




[1] “(…) a comienzos de 1964 los indígenas Mayoruna (Matsés) repelieron una invasión de madereros que entraron a su territorio abriendo una trocha entre Requena y la frontera brasileña, con el propósito de explotar madera ilegalmente. En esa ocasión murieron dos trocheros a manos de los Mayoruna. Las quejas fueron elevadas hasta el Presidente Belaúnde quien ordenó a la Fuerza Aérea bombardear las aldeas de donde se supone partió el ataque y que se concentraban cerca del río Yaquerana”. DOUROJEANNI, Marc. “Belaunde en la Amazonía”. Recuperado el 23/06/20 de http://www.caaap.org.pe/website/2017/06/12/belaunde-en-la-amazonia-por-marc-j-dourojeanni/


viernes, 19 de junio de 2020

La izquierda light


La confianza excesiva en la democracia representativa formal y en sus mecanismos legales, así como la apuesta deliberada por el “mal menor”, ha representado la debacle y la pérdida de credibilidad de la izquierda peruana. Para Flores Galindo, el problema central en la época más cruda de la violencia política (1984-1989) pasaba por adoptar una estrategia revolucionaria, pero no autoritaria.

La izquierda no ha podido escapar de la matriz autoritaria inmanente a la sociedad peruana. Stalin no fue el único culpable, ni siquiera Mao. Una tradición de autoorganización y de autogobierno fue soslayada magistralmente en beneficio de una apuesta decidida y total por insertarse en el juego político democrático de representación. Las instancias de representación política pasaron a formar parte de un cálculo y racionalidad con su propio episteme. De este modo, el individuo (ciudadano, poblador, trabajador, marginal, ama de casa) fue subsumido en las frías estadísticas de las entidades tecnoburocráticas.  

A los que fuimos ilusionados alguna vez por una ideología de la historia justiciera se nos debe más de una explicación del porqué de una apuesta tan descarada y contradictoria, subsumida en la ciénaga de la realpolitk.


El editor




LA IZQUIERDA LIGTH



Introducción



El más grande triunfo que ha conseguido la ideología demoliberal en nuestros tiempos es poner al servicio de la conservación de lo existente a las mismas fuerzas que antaño presionaban sobre los cimientos del capital. Esta paradoja a primera vista difícil de contemplar ha significado no solo el total abandono de los proyectos de liberación impulsados desde las clases populares, sino además –y en eso creo reside la derrota de las fuerzas de vanguardia– el sistemático liquidamiento de las canteras orgánicas de los movimientos de liberación, ahí donde los tentáculos corporativistas de la política social alimentan la infamia del capital. La burocracia, matanza de las energías individuales al sabor de la eficiencia de los aparatos de control, ha revestido con su frialdad las trayectorias individuales, creando en este derrotero, socializaciones marcadamente centradas en la supervivencia y en la desconfianza; lo que a su vez ha generado como producto del agotamiento de un modelo de incorporación optimista al escenario mundial, y al redimensionamiento de la acumulación capitalista, sociedades, y por consiguiente, estructuras sociales, cuyos esfuerzos se dirigen en más de las veces exclusivamente a apoderarse con salvajismo de una posición en la geografía económica de los procesos planetarios.





Lo que actualmente llamamos globalización –el orgullo de que en este momento de la historia el planeta se interconecte en una sola dirección de progreso y bienestar– no es más que un proceso de necesaria interrelación internacional para otorgarle efectividad al sistema productivo capitalista; y para guarecer a la propia especie de fenómenos de riesgo mundial que amenazan la supervivencia de la misma, en la medida que el deterioro del medio ambiente y los juegos de presión geopolíticos a nivel de las oligarquías financieras crean la sensación de un horizonte ingobernable, carente de toda autodeterminación. A su vez la fosilización de las ideologías de la historia, el desmantelamiento de los proyectos nacional-desarrollistas y el amedrentamiento de las fuerzas de vanguardia, reducidas a intentos suicidas de subvertir el orden existente, han significado en el largo plazo el éxito de los organizaciones demócrata-burguesas sobre los proyectos socialistas, y la construcción, por consiguiente, de una moral cotidiana que se articula en dirección de una racionalidad mercantil y pragmatista.





En este sentido, la excitación de las trayectorias individuales y la expansión en la demanda de bienes simbólicos que solazan y otorgan afirmación personal, en una aldea global de precariedades e injusticias, no es solamente el resultado de la bancarrota de los esencialismos colectivos. Es, además, el biotipo de socializaciones más comunes que forja la maquinaria social con el objetivo de recrear conciencias factibles a adaptarse y administrar con eficacia el caudal de recursos productivos que los hace probados funcionarios de un orden material, en el cual hay que necesariamente que militar y demostrar frecuentemente que se es útil. Así, la ofensiva de los discursos dominantes, ahí donde sus estrategas e intelectuales desestructuran y corporativizan las esencias colectivas, de donde procedían los movimientos de liberación empuja a los estratos sociales golpeados por la crisis del capital a mutar sus prácticas sociales, y por consiguiente, sus identificaciones en la dirección de las urgencias más laudables; mudando a su vez el núcleo de sus expresiones culturales, la espontaneidad de su folklore y la enjundia de sus afirmaciones subjetivas a escenarios marginales a la exterioridad concreta de la rutina para la supervivencia.





Por ello, no es complicado afirmar que el desarrollo en la actualidad de nuevos esquemas se significaciones con el medio exterior, en la medida que este se vuelve hostil y difícil de acaparar, modifican los procesos psicológicos de las colectividades, provocando cuadros de neurosis, la proliferación de mecanismos de evasión sobredimensionados e identidades divorciadas del proceso social; razón por la cual la necesidad de sobrevivir disuade al individuo que los proyectos colectivos son esfuerzos verdaderamente inhumanos. Cada vez es más cierto que la realización de la historia colectiva se divorcia del curso absurdo del capitalismo. Es decir, el significado huye del exterior, arrojando las posibilidades concretas de encarnar un proyecto de civilización compartido a las oscuridades de la fantasía, ahí donde toda la savia creativa se desperdicia en los espacios clandestinos de la sociedad.




Los límites del radicalismo


En el vientre de las fuerzas radicales y de los sectores de las clases urbano-industriales que aniquilaron un orden incompatible con las ventajas de las sociedades democráticas, se fue incubando en proporción a la politización antiburguesa de las organizaciones sindicales, el freno a las aspiraciones de la civilización subdesarrollada. Cuanto más se acrecentaron las distorsiones en las tendencias macroeconómicas del patrón de crecimiento industrial, porque éste no hallo la suficiente estabilidad política para negociar con los agentes externos su radicalización, tanto más la presión de las fuerzas políticas sobre las esferas del Estado hicieron explosionar un modelo de desarrollo que había modelado precarias condiciones modernas de vida social, basada en una justa redistribución social. Es decir, la vanguardia política no fue lo suficientemente inteligente para reconocer que la exagerada protesta desbarató ideológicamente un régimen de cosas que ambicionaba muy en el fondo constituir auténtica relaciones ciudadanas, superando las barreras étnicas que eran un verdadero obstáculo epistemológico para el establecimiento de la modernidad peruana. Quizás, el compromiso político que desorganizaba la frialdad técnica necesaria para armar una visión programada, ocultaba realmente una existencia trágica que reclamaba en las ilusiones del ser revolucionario una cura mágica a los desgarramientos sensoriales de la existencia individual. La utopía enmascaraba el hambre por establecer la identidad.


De esta vacilación metafísica por edificar la sociedad se valieron los sectores conservadores en contubernio con los intereses extranjeros, para acabar con el carácter democratizante de las medidas estatales, paralizando el modelo de desarrollo y estableciendo desde los ochentas una nueva relación Estado-sociedad. El afán de la burguesía por recolocarse con éxito en la nueva división internacional del trabajo que ensayaba la ortodoxia neoliberal, significaba no sólo decapitar la radicalización de las organizaciones sindicales, ahí donde se disputaban la hegemonía por el poder, sino instaurar entre la esfera política y la sociedad civil un relación que subordinara verticalmente a los esfuerzos colectivos por renegociar los términos de la política económica, que favorecieron desde entonces a la inversión privada. La crisis de la deuda y los desequilibrios que evidenciaba el capitalismo a nivel de sus economías centrales, obligaron a sus sacerdotes financieros a reestructurar las promesas de su accionar económico. Ahorcando el acceso al crédito, cerrando las posibilidades de acumulación de las economías subdesarrolladas, desbarataron en relación al desmoronamiento de las relaciones tradicionales –que impedían incorporar el grueso de la fuerza de trabajo a las relaciones mercantiles– los intentos de soberanía nacional que se orquestaban en el camino al desarrollo, fragmentando por medio de una ofensiva autoritaria, sin precedentes en la historia, los esfuerzos por hacer nacer una sociedad democrática y moderna.




A partir de entonces, desarticulada la sociedad en sus esfuerzos, propuestas e ilusiones, y por consiguiente, desarticulados sus sistemas de significación, sus formas de conocer la realidad, los sectores sociales que pudieron incluirse en las coaliciones internas que formó el capital para llevar a cabo esta desestructuración, y que desde entonces han pasado a ser gerentes exclusivos de la aristocracia capitalista, han puesto entre paréntesis perpetuo las reivindicaciones sociales y sus formas de participación pública, recreando en medio de la inestabilidad económica, mecanismos eficientes de incorporación clientelar y segmentaria que renueven permanentemente sus grupos de interés y de codicia a nivel de las categorías sociales más diversas. Con ello, garantizan el sostenimiento en el largo plazo de sus organizaciones políticas, en el control concreto de algunos espacios comerciales del mercado interno, y el enmalezamiento dirigencial de sus generaciones más jóvenes a la cacería directa de cargos de confianza en las instituciones públicas.


La tecnocracia que se ha erigido producto de esta selección corporativa de conciencias, administra hoy por hoy los intereses privados de sus socios en la élite interna y extranjera, extendiendo su moral pragmatista y esa lógica empresarial de hacer mercancía del conocimiento social, a todos los ámbitos de la vida cotidiana, burocratizando en proporción a la estrechez de los espacios de socialización exitosa, todos aquellos rincones en que la lucha por el reconocimiento y los recursos involucra la servidumbre ejecutiva de algunos y la marginalidad de muchos. La escasez de oportunidades en la calificación y admisión a mayores experiencias de realización personal empuja a los sujetos liberados de los ámbitos de formación temprana –la familia y la escuela– a adquirir y manipular con sabiduría escéptica los elementos enérgicos de esta moral pragmatista, transmitiendo a sus expresiones más íntimas y personales el manejo de una racionalidad instrumental simbólica que hace de la obtención de los bienes más intensos una guerra silenciosa de conveniencias y nihilismos desenfrenados.


Al diluirse las condiciones ideológicas que hicieron posible la configuración de una modernidad concreta, la necesidad de preservar la individualidad obliga a los actores sociales a abandonar las utopías políticas que ya no seducen a nadie y aferrarse desesperadamente a los deslumbrantes lenguajes sistémicos de las clases dominantes. La cultura al desmaterializarse se convierte en el bastión de resistencia emocional por excelencia porque la pérdida de respaldo a la lucha socioeconómica es compensada audazmente por un conjunto múltiple de representaciones que distraen a la mayoría de los problemas esenciales de la sociedad. La descomposición de las instituciones protectoras de la identidad, debido a la ofensiva de los agentes neoliberales, empuja a los individuos desvalidos a aceptar las ilusiones mercantiles que el sistema audiovisual propagandea vilmente, porque de forma inesperada el mundo vital depende acendradamente de los edificios ideológicos que el capitalismo confecciona. La reproducción de la vida se vincula estrechamente a las máscaras sensoriales del sistema productivo, lo cual quiere decir que en la mente del sujeto no hay un lugar esencial desde el cual tejer una experiencia concreta de materialidad. Es decir, el individuo –sobre todo de las grandes metrópolis– se apropia de los significados artificiales que elabora el mundo administrado percibiendo e interpretando su entorno no más que con ellos. Hasta el sujeto que a partir de su disciplina intelectual observa profundamente su medio social no es ajeno a la forma como se reproduce la vida social. Interpretando que su saber es un resultado de una trayectoria muy personal, cree firmemente que puede hacer lo que le da la gana con él, venderlo o utilizarlo para conquistar influencia sobre el menos avispado. No ve que la condición de intelectual es el orificio antropológico por el cual se puede equilibrar el poder del capitalismo descontrolado. Sin la posibilidad de que hayan casi accidentalmente algunos elegidos que piensen la viabilidad de la existencia humana es imposible romper las fortalezas del sistema y arrancarle acuerdos viables de desarrollo.



Aquel que piense que el conocimiento que vende o por el cual se destruyen las oportunidades de vida social no lo hace responsable a él de su decisión voluntaria se equivoca. El intelectual, sobre todo el que se dice de izquierdas, está obligado a sacrificar ese hedonismo ridículo que lo cautiva por la inversión de su capital cultural a diseñar soluciones contundentes a los problemas del país. En tanto crea que su individualidad debe ser prioritaria salvarla nunca en realidad la salvará; las consecuencias de su irracional actitud al estudiar sólo lo que le gusta lo condenan a ser un criminal de la inteligencia, cuya fuerza debe estar siempre al servicio de las necesidades humanas. La exigencia por vivir la vida intensamente convence al intelectual que cualquier sacrificio político es un recurso innecesario que sólo en la cabeza de los locos puede germinar, y que, por tanto, el conocimiento es un instrumento para conseguir los placeres más suculentos, aunque dicha conducta signifique la nulidad ética. Sí, hay que reconocerlo, la necesidad de echar raíces, de maniobrar con destreza en los paisajes cibernéticos del ser para salvar el propio nicho cotidiano empuja al intelectual a dejarse persuadir por el apetito de poder. Muchas veces, una sensualidad profundamente comprometida con el ser social, que llegada a su vejez se ha decepcionado enormemente de la vida política quiere transmitir con su alejamiento de la convicción lo difícil que es conciliar el pensamiento con la vida, cuando lo que en realidad transmite es la vejez y la esclerosis suficiente para congelar la vitalidad de la juventud que siempre está ansiosa de experimentar auténticas pasiones. El fracaso de estas vacas sagradas no será nunca el fracaso de nuestras nobles generaciones.


Pero hoy estos guerrilleros de papel por algún mandato internacional, porque por talento salen jalados, desde el gobierno del desintoxicado de Toledo se han venido posicionando en sectores claves de la administración pública, con relación al tema social de intervención. No sé cómo lo han logrado (Sera Soros o Rothschild) pero ya no es una búsqueda solo de estatus, sobre la base de un discurso contestatario sino un plan tremendamente consciente de hacer añicos el Estado e imposibilitarlo para su propia gestión y defensa soberana. En contubernio con sus padres putativos, la oligarquía, lo que buscan es sembrar miseria y desolación y así garantizar el control que poseen sobre las donaciones internacionales, y para ello su discurso es cambiar la historia y trastornar mediante ideologías absurdas y nefastas los perfiles socio-psicológicos de los pueblos a los que deciden representar. Su odio a las culturas populares, y su idea maoísta y postmoderna que el ser humano es una máquina insaciable de deseos que hay que alimentar con más y más populismo es acarrear la destrucción de la creatividad y del ingenio del emprendedor a quien ven como un traidor y complaciente.




A la larga su plan siembra el odio, la rebelión y la violencia donde ellos justamente nada tienen que ver. Como dije una vez sobre Mariátegui, él buscaba pintorescamente enamorarse de una idea socialista e impracticable sin renunciar a ese estilismo acriollado y afrancesado que apestaba a los aristócratas europeos. En su intención de juntar papas con risotto lo que ocasionó fue que sus políticos actuaran como vasallos de una idea que tercamente buscan empotrarla en la realidad, y que en su máxima expresión, con maoísmo, o con posmodernismo (el multiculturalismo) lo que hace es ejercer despotismo sobre el pueblo. Esa idea de Vallejo, linda pero estúpida. ”Escribir en el aire” es la frase canónica de un evangélico que visita almas descarriadas para adoctrinarlas sin importarle un rábano lo que ellos piensan.


Me recuerda cuando los amazónicos eran aniquilados por SL y MRTA en Pucallpa, y preguntaban, las razones: “Porque no tienen conciencia de clase, son despojos de la historia, tradición” o como cuando hoy en los debates señeros de los sindicalistas se les pregunta el rol de los lúmpenes y ladrones. “Ellos no cuentan, son escoria, que no ha tomado conciencia de su rol de clase, son infraclase". La Amazonia es el otro objetivo. A la izquierda le importa un rábano el país. Si en una conferencia se burlaban del Contigo Perú del Zambo Cavero....


  


 Ronald Torres, sociólogo



lunes, 1 de junio de 2020

¿Gobernar para quiénes?



GOBERNAR PARA EL 99 %
Y NO PARA EL 1 % EN EL PERÚ


En el Perú las grandes empresas representan el 0.24 % (9182) del total de empresas, los ricos son el 0.5 % que representan a “más de 17 mil millonarios en nuestro país”[1], y contamos con 6 afamados mil millonarios que tienen negocios algunos de ellos cuasi monopolios en el sector minero, financiero, farmacéutico, y alimentario: Carlos Rodríguez Pastor, Vito Rodríguez, Ana María Brescia Cafferata, Eduardo Belmont Anderson, Eduardo Hochschild, y Jorge Rodríguez Rodríguez. Estos grupos económicos y otros menos afamados que forman parte de la clase empresarial y la clase alta peruana han sido y siguen siendo los mandantes y dueños del Perú.

Por un lado, estos dueños del Perú en los casi 30 años de hegemonía neoliberal y gobiernos autoritarios y “democráticos”[2] -incluido el de Vizcarra- han llevado a la ilusión que por haberse constituido vía elecciones ha mandado el pueblo; sin embargo, son ellos, sus elites, los medios de comunicación y sus lobbies los que han mandado y siguen mandando a través de sus monopolios de facto, privilegios tributarios, clubes de negocios (el Club de la construcción es ejemplizador), paraísos fiscales “legales”, elusión y evasión tributaria, derechos laborales recortados, negacionismo y expropiación de derechos de pueblos indígenas u originarios, violencia empresarial (como en el Valle de Tambo, Tambogrande y Conga); prácticas que han sido y son fuentes de apropiación y acumulación de capital, y la profunda y extendida exclusión social en el país.

Por otro lado, gobiernos y una institucionalidad estatal capitalista que no solo han legitimado sino profundizado toda la estructura de apropiación de la riqueza, la precariedad de derechos laborales, y la negación de derechos de los pueblos originarios/indígenas; asimismo, han legitimado la precariedad y la exclusión estructural de millones de cuasi ciudadanos que no solo han estado fuera de la economía neoliberal sino fuera de la órbita de decisiones del poder político.

La mayoría del 99 % que son lo no ricos y no grandes empresarios, y que tienen rostro de cachueleros, taxistas, mototaxistas, pescadores artesanales, ambulantes, campesinos, jornaleros agrícolas, trabajadoras del hogar, pequeños agricultores, pequeños empresarios, independientes y un largo etcétera son los que no han mandado, y que han tenido que vivir y sobrevivir con servicios privatizados caros y servicios públicos precarios; sin embargo, han tenido que obedecer las decisiones de gobiernos y un Estado excluyente que ha gobernado fundamentalmente para  los negocios del 0.5 % y 0.24 %, dentro un sentido común extendido de las élites y tecnócratas en el Estado que han normalizado y profundizado dichas anormalidades.

En el país se trata de que el 99 % se reapropie del poder delegado y apropiado por las clases mandantes, y que gobiernen las mayorías que en el pasado y en el presente siguen siendo excluidas en un país que las ha invisibilizado.

Soc. José Antonio Lapa Romero




[1] Unos 880 peruanos con más de 10 millones de dólares. Otros 300 con más de 30 millones de dólares.  Alrededor de 37 peruanos con más de 100 millones de dólares. Y al menos 5 con más de mil millones. En: OXFAM. Riqueza y desigualdad en el Perú: vision panorámica. 8 de febrero de 2019. Consulta: 31 de mayor de 2020 <https://peru.oxfam.org/latest/policy-paper/riqueza-y-desigualdad-en-el-per%C3%BA-visi%C3%B3n-panor%C3%A1mica>
[2] Gobiernos elegidos vía elecciones pero que están atravesados de prácticas autoritarias como la criminalización de protesta y los estados de emergencia permanente para garantizar los intereses de los sectores empresariales.







El APOYO MUTUO Y LA SOLIDARIDAD EN TIEMPOS DE CRISIS

-¿Cuántas leyes hay en el Perú.
 -Una sola sola.
  -¿Cuál es?
  -La ley del embudo.
 -¿Quién se mama la punta?
 -Los pobres.
          Manuel Atanasio Fuentes


INTRODUCCIÓN

Frente a las crisis económicas y sociales devastadoras, la resistencia heroica de las comunidades y los pobladores organizados se manifiesta en un sinfín de organizaciones y grupos de hombres y mujeres, quienes aprenden a configurar en su práctica social concreta una relación social basada en la cooperación, el apoyo mutuo, la horizontalidad y la solidaridad entre iguales. De esta manera, asociaciones de pobladores de AA. HH., comedores populares, juntas de vecinos, clubes de madres autogestionarios, comités y asociaciones de productores, entre otros grupos ya sea en la urbe como en el mundo rural, se convierten en espacios de lo público donde los individuos –siempre y cuando estos no se encuentren soliviantados por intereses mezquinos– se interrelacionan horizontalmente aprendiendo una real democracia directa, en un régimen de autogobierno o selfgovernment. Lo que dijo Kropotkin en El apoyo mutuo sobre la sociedad de su tiempo, bien lo podríamos suscribir ahora: “Todas estas asociaciones, sociedades, fraternidades, alianzas, institutos, etc., que actualmente se cuentan a millares en Europa, representando cada una inmensa suma de trabajo voluntario, sin ambición o poco retribuido, ¿qué son sino otras manifestaciones, bajo una variedad infinita de aspectos, de esta perpetua tendencia del hombre hacia el apoyo mutuo y la ayuda recíproca?...”[1].

AUTOORGANIZACIÓN

Al respecto, según un artículo de Armando Millán[2], quien menciona la Encuesta sobre Donaciones y Trabajo Voluntario hecha por la Asociación Calandria en 1998 en Lima, Arequipa, Trujillo y Cusco; podemos extraer que el trabajo voluntario se concentra preferentemente en asociaciones de vecinos, comités de vaso de leche y comedores populares (el 85.4 % de los 1305 encuestados aquella vez aseveró estar de acuerdo con la noción de que “Todos tenemos una responsabilidad moral de realizar trabajo voluntario en algún momento de nuestras vidas”).

   Todo esto sin contar las asociaciones de artesanos, confeccionistas, comerciantes y productores en general, las cuales surgen con el propósito central de que los socios o los miembros progresen económicamente; pero se desarrollan siguiendo principios de autoayuda, solidaridad y apoyo mutuo.

Sin embargo, debemos señalar que esto no es unívoco y rígido, ya que a veces surgen problemas serios en el seno de estas organizaciones o asociaciones, impidiendo o constriñendo el régimen de libertad y la razón comunicativa; al presentarse y reproducirse relaciones de poder tradicionales y pugnas políticas (cuando aparecen móviles encubiertos y los intereses de poder) entre los vecinos o miembros de la organización. Aun la apatía juega un rol importante. Ciertamente también el patrimonialismo y el clientelismo constituyen factores disociadores, al tratarse de males sociales muy arraigados en nuestra sociedad.

La idea de autonomía individual, que es la base del selfgovernment o autogobierno, la expresó hace más de dos siglos el filósofo William Godwin en su obra The Enquirer:

    “El hombre es una criatura que le apasiona actuar por sí mismo; y las acciones ejecutadas en esta forma, tienen infinitamente más de salud y vigor en ellas, que las acciones a las que se ve impelido por una voluntad extraña a su propio ser”.

APOYO MUTUO VERSUS CONCEPCIÓN ESTADOLÁTRICA

Una experiencia concreta de autoorganización y apoyo mutuo se dio en el departamento de Lima. Involucra la participación decidida de una comunidad, que decidió aprovechar sus inmensas capacidades y su know-how.

La comunidad campesina de Cullpe se localiza a 92 kilómetros del sur de Lima. También pertenece a Huarochirí. Según el investigador Eduardo López Ayala[3], Cullpe está conformada por unas 30 familias, emparentadas entre sí. La inmensa capacidad creativa y la heroica organización –con fuerte autonomía– de la comunidad salió a relucir hace unos años. De esta forma:

 “Para la toma de decisiones, la participación organizada de la comunidad se realiza de manera concertada, considerando a hombres y mujeres. Esta institucionalidad es el espacio democrático para la discusión, el debate y la formulación de propuestas. La organización social ha sido un elemento clave en el desarrollo endógeno de la comunidad, que ha permitido la mejora de sus sistemas de cosecha de agua”[4].

Problemas acuciosos como la disminución de la producción agropecuaria, escasez de agua, deforestación y fenómenos naturales como sequías y heladas; llevaron a los comuneros a buscar soluciones concretas.  De esta manera, estos buscaron la forma de hacer un uso más eficiente del agua y aprovecharon algunas tecnologías ancestrales “como el empleo del estiércol del ganado y animales menores, la rotación y asociación de cultivos, el descanso de las tierras para la recuperación de su fertilidad, y las técnicas para la cosecha del agua de lluvia”.

En esta búsqueda de soluciones, algunos comuneros visitaron la represa de Gallito Ciego. Es así que deciden iniciar la construcción de la represa de Yanisiri, con una capacidad de almacenamiento de 60 000 metros cúbicos de agua.

Es digno de destacarse, que la construcción de esta represa fue efectuada por la comunidad con recursos propios, esto es bajo la forma de autogestión. Ni el Estado ni otro ente heterónomo –ajeno a la comunidad– intervinieron. La comunidad demostró un sentido de  innovación y una capacidad creativa que debería ser imitada. Para el uso más eficiente del agua de la represa, aprovecharon las tecnologías conocidas. Según López,  “la información sobre riego tecnificado (goteo, aspersión y microaspersión) la obtuvieron los comuneros a través de los programas de televisión y radio, que se transmiten de madrugada”. Asimismo, hicieron uso de lo que se conoce como “riego tecnificado cholo” (reciclaron cientos de millares de latas pequeñas de conservas y les colocaron una porción de lana de oveja con agua).

A MANERA DE CONCLUSIÓN

   De esta manera, apreciamos que ningún poder heterónomo y castrante puede menoscabar y eliminar la libre iniciativa y la voluntad de los individuos autoorganizados para vivir dignamente, desarrollando todas sus capacidades y aptitudes posibles, sin intervención de políticos, ministerios, gobiernos regionales y escapando como electrones libres de la red estatal y la nefasta concepción estadolátrica.

Márlet Ríos, escritor y gestor cultural




[1] KROPOTKIN, P. El apoyo mutuo. Santiago de Chile, 1939, pp. 368/369.
[2] MILLÁN, Armando. “¿Somos solidarios los peruanos?”. En: Revista Punto de Equilibrio, N° 55, julio-agosto 1998, pp. 43-45.
[3] Véase: LÓPEZ AYALA, Eduardo. “Cosecha del agua y participación organizada de la comunidad en Cullpe”. En: LEISA, revista de Agroecología. Volumen 19, N° 2. Recuperado el 31 de mayo de 2020 de
[4] Ibídem, s/p.



miércoles, 27 de mayo de 2020

El miedo y la crisis actual


EL MIEDO Y EL VIRUS EN PERÚ

No hace falta conocer el peligro para tener miedo; de hecho, los peligros desconocidos son los que inspiran más temor.
Alejandro Dumas

El miedo manejado es la peor de las pandemias. La sobreinformación, las idas y vueltas sobre la forma de contagio o las posibles curas sobre el virus son utilizadas por los gobiernos a su antojo, y más aún en un país como el nuestro donde la corrupción está generalizada desde el presidente hasta el que tiene un pequeño negocio, con un Poder Judicial manejado por mafias, un sistema de salud que ya estaba colapsado desde antes del virus y unas fuerzas armadas y policiales con altos mandos prestos a poner sus garras sobre cualquier oportunidad.

Pero aquí, lo que me ha sorprendido realmente es ver a demócratas pidiendo “mano dura”, a gran porcentaje de la población emocionada con los discursos “paternales” del presidente, la falta de empatía para con los necesitados, los que viven del día a día y los que han perdido su trabajo por no tener la “suerte” de un oficio “acorde con los tiempos” o no poder adaptarse al trabajo online.

Los que creemos en la democracia vemos con terrible desagrado las imposiciones que recortan o delimitan las libertades individuales, pero esto lo avala el Miedo, miedo al contagio, miedo a la muerte; palabras como “infectados”, “pandemia” y el constante conteo de muertos y contagiados han sacado no lo mejor, sino lo peor de mucha gente. Mi padre, que vivió de niño la Segunda Guerra Mundial, me dijo que una de las peores cosas que pasó en Italia fue una campaña de los gobiernos de Alemania e Italia en conjunto, que pedía a la población que denunciase si existía algún judío o traidor a la patria y donde cualquiera acusaba a su vecino o incluso familiar ante las autoridades (pogroms). Ahora veo con indignación a gente que acusa que su vecino sacó el perro, que afuera van de a dos al mercado, que tal conocido está corriendo en el parque, etc. 

Y los mayores, se ha dicho tanto de ellos, que muchos se están muriendo o deteriorando por depresión, “si salen se van a infectar”, “hay que cuidarlos”, “población de riesgo”, etc. Me apenan mucho las miradas que tienen, la falta de humanidad de sus familiares, todo por “cuidarlos”.

El Miedo hace daño, mucho más daño que el mismo virus, baja la inmunidad, los anticuerpos se debilitan, crea paranoia, obsesiones, etc. En muchos casos inclusive enferma a la persona. ¿Cuántas enfermedades son provocadas por sugestión? ¿cuántas personas que no han tenido el virus tienen todos los síntomas? De eso no hay cifras.

El miedo no cree en otras opiniones, en otra visión que no sea la de la paranoia oficial y a cualquier persona que “atente” contra su visión de “seguridad” será tildado de “irresponsable”, “opinólogo”, “conspiranoico” y hasta traidor a la patria. Por eso se ven muchos casos de insultos a las personas que difieren de la versión oficial de los hechos.

Espero que este miedo no deje estragos a largo plazo, pero temo que tendremos (además de la crisis económica) varios años de estudios y terapias sobre las secuelas psicológicas que esta gran campaña sicosocial ha creado.

Giuseppe Risica





Foto de Robert Capa, julio de 1944.


MIEDO Y PANDEMÓNIUM SOCIAL EN TIEMPOS DE CRISIS

La fotografía de arriba fue tomada en julio de 1944 por el legendario fotógrafo Robert Capa. Era Chartres, donde una mujer francesa, con su hijo en los brazos, fue detenida por la policía. El delito: haber sostenido relaciones sexuales con un soldado alemán, producto de las cuales nació el niño. Era rodeada por una multitud que hacía escarnio de ella y la amenazaba sin tregua. Había sido rapada y humillada previamente. Terror, ansiedad, euforia, psicosis colectiva, irracionalidad, falta de empatía, crueldad, etc. se confunden como letanías en una foto icónica. La liberación de París se produciría poco después.

El miedo es un instinto básico que puede salvarnos la vida, pero también puede convertirnos en verdaderos monstruos inmisericordes. Este miedo puede ser (y es) aprovechado por los gobiernos de turno muy eficazmente. Durante periodos históricos concretos se ha dado este proceso de internalización y hábil manipulación política. El caso de la Alemania de los 30 y 40 es bien conocido, aunque no es el único. Como dice Chomsky: “Son muchas las causas de los acontecimientos históricos complejos. Un factor crucial en este caso fue la hábil manipulación del miedo. La ‘gente común’ fue arrastrada al miedo de una conspiración mundial judío-bolchevique que pondría en riesgo la mismísima supervivencia del pueblo alemán. Eran necesarias medidas extremas, en ‘defensa propia’. Venerables intelectuales fueron aún más lejos”[1].

Hoy en día, al parecer la historia se repite en algún sentido. El Gobierno peruano tiene carta libre, debido a su legitimidad producto de una gran popularidad (más del 70 %, según las encuestas de opinión). Es decir, miles han perdido sus trabajos, otros tantos han quedado endeudados, muchas empresas y negocios particulares han quebrado, los hospitales y el sector de salud son calamitosos (desde mucho antes de la pandemia), hay recesión, etc.; pero, la “estrategia” del Gobierno está siendo respaldada tácitamente por muchos ciudadanos. El estado de emergencia y el recorte de libertades individuales son aplaudidos por muchos que piden, a su vez, más “mano dura” y violencia. ¿Es increíble que pase esto en un país que fue asolado durante más de 20 años por un proceso de violencia política muy fuerte? ¿Hay una matriz autoritaria inherente históricamente a la sociedad peruana que no se puede negar? ¿Por qué en épocas de crisis y angustia generalizada nos cuesta tanto ser empáticos, solidarios y racionales? Al parecer el miedo y la manipulación política van de la mano como el alcohol y el jabón en épocas de pandemia.

Márlet Ríos



[1] Véase: CHOMSKY, N. “Recurrir al miedo”. Recuperado el 27 de mayo de 2020 de https://malsalvaje.com/2019/12/16/recurrir-al-miedo-un-texto-de-noam-chomsky/



Mujer judía acosada por la multitud en el pogrom (Ucrania)
Disponible en Wikipedia

domingo, 24 de mayo de 2020

Los profetas de la crisis y una explicación sociológica


¿POR QUÉ LOS MARTILLAZOS NO APLANAN EL COMPORTAMIENTO SOCIAL?: UNA MIRADA DESDE LA SOCIOLOGÍA


En el Perú hemos llegado a 92 273 casos de personas contagiadas con COVID-19 y un índice de letalidad de 2.78. Aunque varias regiones se encuentran desbordadas, el Gobierno en su sano optimismo y voluntarismo sostiene que ya estaríamos llegando a la cima de la meseta, no obstante el voluntarismo gubernamental se estrella con la dura realidad estructural peruana atravesada de exclusión y precariedad estatal. Por lo que en las siguientes líneas intentaremos dar respuesta a lo siguiente: ¿por qué los martillazos no aplanan el comportamiento social que se expresa en incremento del contagio? y ¿por qué en algunas regiones se ha producido el desborde y en otras no? Para ello emplearemos algunas variables económicas, sociales y políticas: precariedad laboral, nivel de pobreza, concentración urbana, nivel de ruralidad, densidad organizacional, precariedad del servicio de salud y eficacia de las políticas estatales.

1. LA RAZÓN ECONÓMICA PARA EL NO APLANAMIENTO

En el Perú los sucesivos gobiernos, prensa y los sectores empresariales han marketeado una supuesta economía exitosa neoliberal peruana, candidata a un pronto ingreso a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), y que ahora se acoge a la suspensión perfecta de labores o que en especial muchas grandes empresas han sido beneficiarias del plan de reactivación económica del Estado; sin embargo, más allá de nuestro limitado glamour económico ha existido por décadas, y convivido con dicha economía, una economía de sobrevivencia donde 73 % son informales, y “40% de la población (alrededor de 12 millones de personas) vive con un ingreso personal de entre US$4 y US$10 diarios” .

Mirado así, el comportamiento social exigido por el Gobierno ante la pandemia termina siendo aplanado por el comportamiento económico porque predomina la necesidad de ganarse el pan diario de una mayoría de los sectores populares de la sociedad peruana –el retiro de la CTS o de los fondos de la AFP es solo para un sector de la clase trabajadora “privilegiada”– constituida dentro de economías de sobrevivencia. Estos sectores populares han tomado por asalto por décadas las calles, los mercados, el cachueleo, los trabajos  con escasos derechos laborales o sin derechos laborales más que el salario o trabajos que en una mayoría son al mismo tiempo hijos de una sociedad y un Estado excluyente. De esta realidad está atravesada Lima, Callao, Piura, Loreto (Iquitos), Lambayeque o La Libertad. En estos casos está claro que los factores relacionados a alta precariedad laboral, niveles medios de pobreza y la alta concentración de población urbana –que vive en su mayoría en la precariedad– influyen en el incremento de los niveles de contagio y en el comportamiento social de casi no acatamiento de la cuarentena, y no tiene que ver con el sentido común extendido que atribuye la tragedia de estas regiones a una filiación política fujimorista o al poco nivel educativo.

Aunque es importante mirar que el nivel de pobreza es un factor variable en la explicación porque si uno mira las regiones más pobres históricamente como Huancavelica, Cajamarca, Huánuco o Apurímac, son al mismo tiempo las que menos casos de contagio tienen debido a factores relacionados al mayor nivel de conexión o desconexión geográfica y el nivel de ruralidad. 

2. LA RAZÓN SOCIAL PARA EL NO APLANAMIENTO

La razón social está relacionada a cuatro factores: 1) nivel de concentración de población urbana; 2) nivel de conexión o desconexión geográfica; 3) nivel de ruralidad; 4) cultura de la informalidad. Las regiones del país que tienen mayores niveles de contagio son al mismo tiempo regiones o capitales de región que presentan además de la precariedad laboral, altos niveles de concentración de población urbana como Lima, Callao y regiones como Lambayeque (78 %), Piura (66 %), Loreto (46 %) o La Libertad (66 %). Además, estas capitales de región son centros de migración y alta conexión geográfica a comparación de las regiones donde la menor conexión geográfica y la alta densidad organizacional comunitaria juegan un papel a favor de los menores casos: Cajamarca, Apurímac, Amazonas, Pasco, Puno y podríamos poner Cusco. Esta vez la menor conexión y la pobreza juegan a favor de estas regiones que las convierte paradójicamente en centros de menor atracción de migración y concentración urbana.

Las regiones con mayor población rural y/o que mantienen conexión con el mundo rural son al mismo tiempo las regiones que tienen menores casos de contagio: Apurímac, Cusco, Puno, Huánuco y otros. Así, este mayor nivel de ruralidad genera que las mayores fuentes de alimentación influyan en que en un escenario de pandemia la población pueda en mayor medida no movilizarse o reducir su movilización, a comparación de regiones donde las fuentes de alimentación están concentradas en el ingreso económico o el salario como es en Piura, La Libertad o Lambayeque donde ha habido un crecimiento significativo de áreas de producción pero concentrado en la agroexportación.

Finalmente, la cultura de la informalidad y la cultura de la anomia son muy extendidas en el país y tienen que ver con la forma como se ha constituido la sociedad peruana con base en la marginación, la exclusión y sin mayor “autoridad” dentro de un sentido común exacerbado por los casi 30 años de neoliberalismo peruano de la vida salvaje. 

 3. LA RAZÓN POLÍTICA PARA EL NO APLANAMIENTO

La razón política está relacionada a lo siguiente: 1) la precariedad de servicios de salud pública; 2) eficacia gubernamental y estatal. Es indudable que la pandemia ha sido gestionada con una relativa eficacia comunicacional, mucho voluntarismo y claro en gran parte haciendo pagar la crisis a los que menos tienen, pero que ha tenido serias limitaciones que se han estrellado con una realidad estructuralmente desfavorable. Así, los casos de Loreto donde la crisis se manifiesta en el acceso o no a balones de oxígeno que definen la vida o la muerte, Lambayeque o Piura muestran una realidad nacional desbordada y de precariedad de los servicios públicos de salud que han venido funcionando en todas las regiones del Perú en un mar de precariedades. Además, las políticas públicas estatales para su eficacia requieren ser oportunas, pero cuando tenemos bonos (Yo me quedo en casa, Independencia, Rural o Universal) que llegan luego de más de 15 días o más de 1 mes son días y meses que abren una puerta enorme para el incremento de contagio. Es decir, la poca eficacia estatal de los servicios públicos de salud y las políticas sociales también está relacionada al incremento de los casos e influyen en el no aplanamiento del comportamiento social.

La combinación de estos factores explicativos económicos, sociales y políticos explican el comportamiento social en medio de la pandemia que tiene que ir más allá de los prejuicios o atribución de responsabilidad a la población. Pasa por entender mejor el país y no volver a nuestra absoluta anormalidad.

Soc. José Antonio Lapa Romero

18 de mayo de 2020


Dibujo de Roberto Ojeda Escalante








LOS PROFETAS DE LA CRISIS

Introducción

Ante tantas apreciaciones muy subjetivas y rimbombantes, pero parcializadas, que se dejan llevar ante todo por prejuicios, falacias de generalización, reduccionismos, etc.; somos conscientes de que es necesaria más que nunca una teoría crítica revitalizada, con un enfoque interdisciplinario holístico, que rechace reduccionismos y miradas parciales de la “realidad” peruana. Necesitamos más que nunca teóricos críticos y metodólogos antes que profetas y parlanchines carismáticos. Nuestra patria está o debería estar harta de caudillos y profetas carismáticos que poco bien le han hecho al colectivo.

Metodólogos de combate

¿En realidad estamos en pleno Apocalipsis y vivimos nuestros últimos días en esta viña del Señor? ¿La particular idiosincrasia de los peruanos y su descomunal falta de civismo o civilidad sirven para explicar plenamente la crisis actual? Para muchos legos y no tan legos, el espíritu del nuevo “capitalismo criollo” explicaría suficientemente la crisis actual. Como dice Weber (1984):

en la patria de Benjamin Franklin (Massachusetts) el “espíritu capitalista” (…) existió con anterioridad al “desarrollo del capitalismo”; en cambio, en las colonias vecinas (lo que después fueron los Estados del Sur de la Unión), ese espíritu alcanzó un desarrollo mucho menor, a pesar de haber sido vitalizadas por grandes capitalistas, con fines comerciales, mientras que las colonias de Nueva Inglaterra lo fueron por predicadores y graduados, en unión de pequeños burgueses, artesanos y labradores, con fines religiosos (…). (p. 60)


Variables e indicadores desdeñados por los profetas y los caudillos histéricos deben servir a los teóricos críticos y metodólogos. Una investigación seria, entonces, es requerida. Tal como ayer, necesitamos investigadores que se tomen muy en serio su trabajo. La pasión no está vetada. Solo la charlatanería y la vacuidad serían apartadas. Debemos cribar, depurar y contrastar; y, claro está, recurrir a las fuentes primarias, como si fuese el oráculo de Delfos. Es preciso darnos cuenta de que información no es necesariamente conocimiento y de que nos encontramos en un momento histórico donde predomina el homo videns y la sociedad teledirigida (como diría Sartori). Como lo indican Booth, Colom y Williams (1995):

Nos encontramos anegados de información, la mayor parte empaquetada para conveniencia de los intereses comerciales o políticos de algunos. Más que nunca, la sociedad necesita personas con mentes de capacidad crítica, personas que puedan considerar una investigación, hacer sus propias preguntas y encontrar sus propias respuestas. Sólo después de haber experimentado el proceso incierto y con frecuencia desaliñado de realizar su propia investigación, está en condiciones de evaluar inteligentemente la investigación de otros. (p. 21)

De crisis y profetas

Los lazos de la cooperación, el apoyo mutuo y la empatía se debilitan en tiempos de crisis (pero no se pierden del todo). Una enorme informalidad en el mundo del trabajo entre nosotros puede inclinar la balanza. De este modo: “En tiempos de crisis, en los que es necesario actuar casi exclusivamente por cuenta propia para el beneficio personal y el de las personas más allegadas a uno, los lazos comunales y de solidaridad tienden a disgregarse. La alternativa que ofrece el mundo de la informalidad en muchos casos solo mantiene en el límite de la sobrevivencia a quienes ingresan a él” (Sagasti, Patrón, Hernández y Lynch, 1999, p. 38).

Sin embargo, una población rural en la pobreza nos debería hacer reflexionar que Lima no es el Perú y otras tradiciones culturales y otros logos se siguen manteniendo, a pesar del Estado y los gobiernos de turno. Según el Censo 2017 del INEI, la población rural se acerca a “6 millones 69 mil 991 personas que representa el 20,7 % de la población censada del país”[1]. Un verdadero investigador no debe ignorar esta cifra y otras relevantes para analizar eficazmente la realidad de la crisis actual. Solo los diletantes y los profetas de la crisis las desdeñarían.

Jaime Gamarra Z.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
Booth, W., Colomb, G., y Williams, J. (1995). Cómo convertirse en un hábil investigador. Chicago: Gedisa.

Sagasti, F., Patrón, P., Hernández, M., y Lynch, N. (1999). Democracia y buen gobierno. Lima: Apoyo.

Weber, M. (1984). La ética protestante y el espíritu del capitalismo. Madrid: Sarpe.
Del blog de Milciades Ruiz: https://republicaequitativa.wordpress.com/