Improvisar con sentido: comedia y
literatura como herramientas narrativas
La improvisación
suele asociarse a la rapidez, la ocurrencia inmediata y la capacidad de
resolver sin planificación previa. En el ámbito de la comedia, esta idea se
refuerza: improvisar bien parecería equivaler a reaccionar velozmente y
provocar risa. Sin embargo, esta concepción reduce la improvisación a un
ejercicio meramente reactivo y deja de lado su potencial narrativo y expresivo.
Este ensayo propone que la improvisación, cuando se nutre de herramientas
propias de la literatura, puede transformarse en una práctica más consciente,
profunda y cohesionada.
Esta reflexión no
surge de manera abstracta, sino a partir de una experiencia concreta. El año
pasado, al ingresar a Teatro del Juego, no tenía claro cuánto de mi
personalidad podía o debía trasladar a las escenas improvisadas. La
improvisación se presentaba ante mí como una técnica externa, más cercana a un
conjunto de reglas que a una extensión de mi forma de estar en escena. Sin
embargo, a lo largo del proceso formativo, y a partir de observaciones
realizadas por mis profesores Jhonathan Suescun y Dusan Fung, comencé a
reconocer que la espontaneidad y el humor forman parte constitutiva de mi
manera de comunicarme.
Esta toma de
conciencia no implicó descubrir algo nuevo, sino nombrar algo que ya estaba
presente. Mi relación con la comedia siempre ha estado ligada a una forma
anecdótica de narrar las experiencias adversas: transformar las desgracias
cotidianas en relatos compartibles, donde el humor no elimina el conflicto,
sino que lo vuelve habitable. Esta lógica narrativa atraviesa no solo mi vida
personal, sino también otra de mis grandes pasiones: la lectura. Leer y hacer
reír no aparecen, en mi práctica, como actividades separadas, sino como
expresiones de un mismo impulso por construir sentido a partir de la
experiencia.
A partir de esta
convergencia surge una pregunta central para mi proceso creativo: ¿cómo puede
la improvisación integrar conscientemente estas dos dimensiones —la comedia y
la literatura— sin perder espontaneidad? Más aún, ¿de qué manera los recursos
narrativos presentes en la literatura pueden convertirse en herramientas
activas dentro de la escena improvisada? Plantear estas preguntas desplaza la
improvisación del terreno puramente técnico hacia un espacio de investigación
artística y reflexiva.
En la comedia
improvisada, referentes como Wendy Ramos y Job Mansilla evidencian que la risa
no surge únicamente de la rapidez mental, sino del compromiso con el personaje,
la escucha activa y la coherencia interna de la escena. En ambos casos, la
improvisación se sostiene sobre una lógica narrativa clara: cada acción
escénica construye sentido y ninguna decisión es neutra. Esta mirada se aleja
de la acumulación de chistes y se acerca a una improvisación que, incluso en lo
cómico, narra.
La literatura
ofrece herramientas que permiten profundizar esta dimensión narrativa. Autores
como John Green y Stephen Chbosky construyen relatos donde la fuerza no reside
en la espectacularidad de los acontecimientos, sino en la consistencia de la
voz y la honestidad emocional de los personajes. En improvisación, estas
cualidades se traducen en la posibilidad de sostener escenas desde la verdad
del personaje, incluso cuando la acción es mínima.
Por otro lado, la
obra de Donna Tartt demuestra la importancia del ritmo y del desarrollo
progresivo en la construcción del interés narrativo. En el contexto de la
improvisación, esta perspectiva invita a desacelerar, a confiar en el proceso y
a permitir que la escena se construya sin necesidad de forzar resoluciones
inmediatas. La literatura enseña que no todos los momentos deben ser
culminantes para resultar significativos.
Finalmente, autoras
contemporáneas como R. F. Kuang aportan una reflexión adicional: toda narración
implica una postura frente al mundo. Sus textos evidencian que contar una
historia no es un acto neutral, sino una forma de posicionamiento ético y
político. Trasladado a la improvisación, esto supone reconocer que cada escena
expresa una mirada, una sensibilidad y una manera de relacionarse con el otro.
Desde esta
perspectiva, mi búsqueda personal apunta a llevar la improvisación hacia un
espacio donde la comedia y la literatura dialoguen activamente. No se trata de
intelectualizar la escena, sino de ampliar mis herramientas: escuchar cómo se
lee, construir personajes con voz propia y entender el humor no como un fin
inmediato, sino como una consecuencia del sentido. En este enfoque, la literatura
deja de ser un referente externo y se convierte en una caja de recursos
narrativos aplicables al presente escénico.
En conclusión,
integrar la comedia improvisada con la literatura permite desplazar la
improvisación del terreno de la reacción hacia el de la construcción
consciente. Improvisar deja de ser únicamente resolver el momento y se
transforma en una práctica narrativa que exige atención, criterio y
responsabilidad creativa. Desde este lugar, la improvisación no pierde
espontaneidad, sino que gana profundidad y dirección.
Manuel Ramírez
Morales
@manuelmente.pe

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